Chao

Se queda con vos mi vida; la prestada, la que no tenía, o al menos no sabía que tenía, la vida que me inventé para cuando salgo contigo. Tus ojos podrían apenas permitirme la demencia, tu voz se puede volver una melodía que me llena de ganas. ¿Pero he de permitir acaso tu inconsecuencia? ¿O he de acomodarme a mi secreta irreverencia, a mi nítida y escasa sensatez? ¿Podrás vos entender los secretos bastardos de este loco que al final resulta bastante cuerdo y diplomático?

A veces me dan ganas de disculparme pero se me quiebran los dedos y me arrastro por el suelo hasta que te veo debajo de una lluvia de meteoritos, no hay nada que se mueva en mi estómago cuando te vas. Y vos, vos al otro lado de esta ciudad Infierno tan imperfecta como lo que no me permites ser. No creo soportar otro invierno si no regresas saltando entre los charcos de la calle.

Las historias se divierten en mi espalda, me jalan el pelo, me respiran en la oreja, susurran chocolate y el amor queda listo; se esparcen los besos como dientes de león y tú me sigues colgando, hasta que vuelvo de nuevo a mi cama, nada ha pasado, seguimos juntos y quizá esto sea para siempre. Quizá él “siempre” será el último detalle que nos daremos en nuestra ausencia, quizá siempre querré disculparme pero no todo se puede arreglar con los dedos.

Hablo demasiado y tú te ríes tanto que apenas me puedes besar. Arrojamos el instante al tiempo, él nos devuelve momentos, y nos atragantamos con ellos hasta vomitar, otra vez en mi cama.

Se corta el universo con nuestro filo, cambian los personajes. Sigues haciendo las perezas más bonitas mientras el filo se vuelven tus brazos sobre mi piel, cortando tiernamente la existencia del que ha dudado, del que habla sin llegar a ninguna parte por querer llegar a tu inicio, a tu vida, al último silencio que me guardarás.

Ya casi es invierno y tú aún no me has abierto la puerta.