Al Hogar que Nace
Querido hogar que apenas despiertas,
te escribo antes de que el año cambie de piel,
como quien deja una nota en el bolsillo del futuro
para no olvidar quién quiso ser
cuando todavía el miedo y la esperanza
iban tomados de la mano.
Has llegado lento,
como llegan las cosas que importan:
sin ruido, sin grandilocuencias,
con la modestia de un eco que empieza,
con el temblor suave de lo que aún no sabe su tamaño.
Entre cajas de dudas,
recibos que parecen jeroglíficos,
y preguntas que flotan por el aire
como si buscaran dónde aterrizar.
Y aun así, te quedaste.
Y de alguna manera, nosotros también.
Dentro de ti ya respira una promesa tibia,
una posibilidad que no se impone,
que simplemente habita,
como un amanecer que se toma su tiempo.
Eres el territorio nuevo al que llegamos
sin mapas, sin certezas,
pero con esa extraña intuición
de que aquí podría crecer algo hermoso.
Mara camina por tus pasillos como si los tejiera,
como si cada paso le bordara al día
un hilo de tranquilidad.
Hay algo en cómo se mueve dentro de ti
que hace que todo parezca más posible,
más nuestro, más destinado.
Maly olfatea tus esquinas como si las bautizara,
como si cada olor fuera un capítulo,
una firma,
una forma de decir
“yo también me siento en paz aquí”.
Y yo —hombre en construcción, aprendiz perpetuo—
te observo nacer mientras intento aprender
a ser refugio, a ser presencia,
a ser quietud cuando haga falta,
y movimiento cuando la vida lo exija.
Te escribo para prometerte lo que puedo:
que cuidaré de tu silencio y de tus risas,
de tus madrugadas con cansancio
y de tus noches que huelen a tregua.
Que aprenderé poco a poco
el lenguaje secreto de las cuentas,
y el arte de hacer mercado con cabeza fría
aunque no entienda aún
por qué todo sube menos el ánimo un lunes cualquiera.
Prometo esforzarme en los gestos pequeños:
ordenar lo que desordeno,
lavar lo que ensucio,
prestar atención a lo que necesites
y no esconderme detrás de ninguna excusa
Porque sé que el amor también está ahí,
en lo que nadie celebra,
en la basura sacada a tiempo,
en la cama tendida,
en el espejo limpio,
en el “tranquila, yo lavo eso”.
Este año que viene
quiero que seas testigo silencioso
de lo que voy a intentar construir:
una casa que no sea solo paredes,
sino una patria en miniatura,
un refugio donde las cosas simples cuesten menos
y las difíciles no nos paralicen.
Un lugar donde podamos equivocarnos sin miedo,
celebrar sin motivo,
descansar sin culpa.
Quiero que tus mañanas huelan a hogar recién aprendido,
a café, a tostadas, a risa suave,
a esos aromas que dicen
“estamos empezando, pero vamos bien”.
Y que tus noches nos encuentren abrazados,
o hablando bajito,
o simplemente sobreviviendo a los días largos
sin dejar de querernos.
Quiero que guardes nuestras primeras discusiones torpes,
esas en las que ninguno sabe muy bien
cómo no herir,
cómo no asumir,
cómo no repetir historias viejas.
Quiero que también guardes las reconciliaciones,
esas que llegan con la voz más suave,
con el corazón un poco más abierto,
con la certeza de que vale la pena
volver a intentarlo siempre.
Quiero que seas testigo
de los días en los que no podamos con la vida
y aun así hagamos espacio para un beso de esquina,
un “¿cómo te fue?”,
un abrazo que devuelva el ánimo.
Quiero que mires con paciencia
los intentos fallidos,
los platos quemados,
los presupuestos mal calculados,
los días en que me sienta menos hombre
porque no entiendo nada.
Y que aun así, sigas ahí,
recordándonos que todo hogar se aprende,
que nadie nace sabiendo sostener un techo
ni sostener lo que ama.
También quiero que seas escenario
de nuestras pequeñas victorias:
la primera receta que salga bien,
el primer mes sin andar endeudados,
el primer domingo sin prisa,
la primera mañana en la que diga
“lo estamos logrando”.
Y si algún día la costumbre nos haga olvidar la ternura,
que tus paredes nos devuelvan el eco
de lo que fuimos al empezar,
para que nunca dejemos de elegirnos
aunque la vida nos ponga a prueba.
Por eso aquí firmo, hogar recién nacido,
como quien acepta un pacto con el tiempo.
Si me enseñas a quedarme sin huir,
a sostener lo que importa,
a construir sin miedo,
yo te prometo crecer contigo
hasta convertirnos en ese lugar
donde la vida se acomoda y respira mejor.
Con afecto, torpeza aprendida
y ganas de hacerlo bien,
elle, el que está aprendiendo a ser hogar.